El Origen
Hay días que no pasan.
Se quedan.
El trece fue uno de ellos.
Un día que no pidió permiso para volverse eterno.
Un día en que la vida cambió de ritmo
y aprendí que todo lo verdadero comienza con un latido.
El Trece nace de ahí.
De una fecha convertida en origen.
De la llegada de María Paula,
quien, sin saberlo, dio nombre, sentido y destino a esta bodega.
El vino, como la vida, no se impone:
se acompaña.
Se espera.
Se respeta.
Aquí nada ocurre de prisa.
La tierra marca el paso,
el tiempo afina el carácter
y el silencio enseña lo que no puede decirse con palabras.
Cada botella guarda una historia íntima:
la de quienes creyeron cuando aún no había certezas,
la de las manos que trabajaron la vid,
la de los días largos y las noches de esperanza.
A todos ellos, gratitud profunda.
El Trece no busca ser solo un vino.
Busca ser un recuerdo.
Un punto de encuentro.
Una pausa necesaria.
Y, sobre todo, es un homenaje.
A una hija.
A un comienzo.
A la certeza de que lo hecho con amor
siempre encuentra su momento.
Que quien abra una botella de El Trece
encuentre algo más que vino:
encuentre verdad,
encuentre calma,
encuentre vida.
Porque hay fechas que se celebran una vez.
Y hay otras —como el trece—
que se brindan para siempre.

